Eran unos dos metros, dos metros abismales que la separaban del mundo real; dos metros y una ventana. Ella solo miraba, apenas consciente de la angustia que habitaba su pequeño corazón, como si no le molestara –o se resignara a- que la vida no cesara de robarle minutos, ¿Había algo que hacer con ellos, después de todo? Pétrea determinación la abrumaba a sus catorce años y le decía de frente: NO.
Inspiró, llenándose de la esencia a manzanilla que despedía la casa gracias a su pelo y luego desvió su castaña e impaciente mirada hacia un muchacho muy apuesto que muy tiernamente terminaba con la trenza que tejía en sus bucles de oro.
- No llega…-musitó la muchachita, formando con sus cejas un perfecto arco de tristeza. Una de sus manos se aferró al vestido Calipso que llevaba puesto- ¿terminó, Danièlle?
- Oui, señorita Beth –respondió el joven francés al mismo tiempo que ataba con un listón de raso sus cabellos- ¿Qué desea hacer en su espera?
- Quiero ir al piano.
Danièlle le asintió y Elizabeth tomó su mano con timidez para que él la guiara hasta el comedor donde estaba su más preciada posesión, su piano de cola que alguna vez fue de caoba reluciente. Pasito tras pasito, ella solo se dejaba acompañar, ya que si lo miraba por más de dos segundos, de seguro se sonrojaría.
-- Oh, señorita March –una voz totalmente distinta le habló. Era la de un hermoso ángel de ojos negros. Estar entre Danièlle y Takeru siempre le provocaba un sentimiento de vergüenza incontrolable que le llevaba a comerse las uñas- ¿va a tocar piano?
-- Al idiota no se le ocurrió nada mejor que preguntar…
Estaban peleando, estaba segura… O por lo menos, en su afán desesperado de concentrarse en el mundo real y agarrarse fuertemente a él para no abandonarse, parecía que así era. De pronto necesitó mucho de sí para soltar un miserable susurro. Ellos no debían pelearse por ella.
Parecía que la criatura iba a ponerse a llorar con esa voz hecha un hilo. Los aludidos suspiraron, sin poder resistir mucho, no obstante la mirada de hostilidad perseveraba. Elizabeth, entonces, pasó de unas manos a otras al piano y cuando se pudo sentar en el taburete, estuvo en casa, protegida. Envió una mirada furtiva a Takeru y éste la alzó un poco en sus brazos para que se pudiera sentar mejor. Frente a sus ojos estaba la partitura de la Sonata Moonlight de Beethoven.
-- No… No me gusta que me miren cuando…
Inmediatamente, los únicos acompañantes que tenía en la estancia se dieron vuelta con una sonrisa oculta. Un arcoíris pasó por el rostro de la rubiecita, poniéndoselo de todos colores hasta estancarse en el rojo, cuál manzana y con una exhalación, Beth acarició las teclas sol#, do#, mi…
Era indescriptible, cada vez que sus dedos pulsaban una de las amarillentas teclas del piano, ella temblaba. Dios, cómo respetaba ese sonido, cómo añoraba tocar una y otra vez las mismas canciones… ¿Qué haría ella sin sus pequeños, deformes y elásticos dedos? Su único regalo al mundo estaba, literalmente, en sus manos; era su canal de comunicación con la gente, nadie parecía querer escucharla cuando intentaba abrirse paso entre la multitud, en cambio, en momentos como éste, sabía que todos los oídos estaban puestos en ella y sentía gratitud por esa sensación de admiración que la rodeaba. Ay, si hasta era creíble que la quisieran y que fuera irremplazable. Por muy desafinadas que estuvieran las teclas, todo en ellas la hacía feliz, le hacían conocer una faceta de ella que podía calificar de… hermosa.
Cerró los ojos y finalizó la canción, casi soplando débilmente el último acorde. A continuación oyó aplausos, pero no supo de quién eran hasta que se atrevió a abrir su mirada.
-- ¡Beth, mira a quién te traje, angelito! ¡Thomas!
Su corazón no le daba tregua, extendiendo torrentes de sangre hacia su rostro. Delante de ella estaba su hermana Margaret con un lindo niño de facciones duras, pero con la mirada y sonrisa más dulce que pudo haber.
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